En El Nombre de JESUS, Amén

ESO te atribula, te fatiga, te avergüenza, ESO es la enfermedad que no puedes sanar, el trabajo que no puedes soportar, el matrimonio que no puedes reparar, el coraje que no puedes controlar.

ESO duele.

ESO amenaza la vida. Tres letras mayúsculas, altas y desafiantes. ¡ESO! Marchan como Frankenstein. Cada paso es un golpe seco. Cada golpe seco es un terremoto. Pum, Pum, Pum. ¡ESO! ¡ESO! ¡ESO!

“¡Ten cuidado! ¡Ahí viene ESO!”

“¡No soporto mas ESO!”

ESO eclipsa e intimida a todos… a todos, excepto a la gente que le lleva ESO a Jesús. Gente como el soldado romano.

Él era un centurión. Tenía una autoridad incuestionable sobre sus hombres. Sin embargo, había algo especial en este oficial en particular. Amaba a su criado. “Señor, mi criado está postrado en casa, paralitico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré” (Mateo 8:6-7)

La oración del soldado no tenía adornos. El simplemente estableció un hecho “Mi Criado esta postrado en casa y paralitico, gravemente atormentado”.

Eso fue suficiente para mover a Jesús a la acción. Pero el oficial lo detuvo, “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi criado sanará. Porque también yo soy un hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados, y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace” (Mateo 8:8-9)

El centurión entendía la dinámica de la autoridad. Él era un hombre bajo autoridad y un hombre con autoridad. Sus superiores le daban órdenes, y él las obedecía. Él daba órdenes, y sus soldados obedecían. Ellos no cuestionaban sus decisiones. El ejército romano respetaba la cadena de mando. El centurión reconocía la autoridad cuando la veía. Y el reconoció la autoridad máxima en Jesucristo.

“Solamente di la palabra, y mi criado sanará”.

Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe… Ve, y como creíste, se te ahecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora. (Mateo 8:8-13)

Jesús tiene una autoridad incuestionable. “Él sostiene todo con el gran poder de su palabra” (Hebreos 1:3) “Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre” (Filipenses 2:9)

La confianza del centurión en Jesús era muy profunda. El Señor podía lidiar con una petición a larga distancia. Solo una palabra suya era suficiente. Jesús estaba asombrado. ¡Finalmente alguien entiende  mi autoridad!, implica su respuesta.

¿La entendemos nosotros?

Así como lo entendió el centurión, grábalo en tu memoria: ESO no tendrá la ultima palabra. La tendrá Jesús.

Dios levantó a Cristo de los muertos y lo sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios, en los lugares celestiales. Ahora Cristo está muy por encima de todo, sean gobernantes o autoridades o poderes o dominios o cualquier otra cosa, no en este mundo sino también en el mundo que vendrá. Dios ha puesto todo bajo la autoridad de Cristo, a quien hizo cabeza de todas las cosas para beneficio de la iglesia. (Efesios 1:20-22)

 

La frase “En el nombre de Jesús” no es un eslogan vacío, ni un amuleto. Se trata de una declaración de la verdad. Mi cáncer no está al mando; Jesús lo está. La economía no lleva la batuta; la lleva Jesús. El vecino gruñón no gobierna al mundo; ¡Jesús, tú lo haces! Tú Jesús, eres Entrenador, Director Ejecutivo, Presidente, Rey Gobernante Soberano, Monarca Absoluto, Barón Supremo y Santo, Zar, Señor Feudal y Rajá de toda la historia.

Simplemente di la palabra, Jesús…

Front Cover Fuente: Tomado del libro “Antes del Amén” de Max Lucado

 

Deja tu comentario

%d bloggers like this: